Decía Aristóteles que la política es el arte de hacer el bien público, por tal motivo la actividad política implica una responsabilidad con los coterráneos, quienes tienen, como reza el artículo 39 de nuestra Constitución, el inalienable derecho de cambiar la forma de gobierno, y más elemental, a quienes lo conforman.
Así sucede habitualmente dentro de un esquema en el que también fueron los griegos quienes abonaron teórica y prácticamente a su formación, al menos en el mundo occidental, se trata del esquema democrático; pero sí ello no ocurre, tampoco la premisa aristotélica o el dictado constitucional. Lo que lleva en consecuencia a un gobierno despótico, como el nuestro, como el así definido por Max Weber. Y como lo dijo el politólogo alemán, el pueblo que vive bajo un gobierno despótico, es un pueblo mal gobernado.
El déspota nunca gobernará bien, siempre velará por sus intereses, y ante todo, su principal interés será no perder el poder, utilizando para ello toda clase de artificios, que en la regularidad de las ocasiones, el mismo poder le da.
Ante este